El Dios de los regresos y los reencuentros



Para el día de hoy (15/09/13):  
Evangelio según San Lucas 15, 1-32



(Jesús de Nazareth, en la parábola erróneamente llamada del Hijo Pródigo -pues sería más fiel llamarla del Padre Misericordioso- hace un retrato de varios personajes que revelan la esencia misma de Dios y las cosas que suelen arraigarse en la condición humana.
Así entonces el hijo menor, al hacer el reclamo de su porción de la herencia de su padre, en cierto modo quiere anticipar la muerte del mismo. Quiere la parte que le corresponde, quiere absoluta libertad de movimientos, quiere total independencia, y no quiere estar atado a nada ni a nadie, y quizás ése es el error más grosero. La liberación no estriba en ser libre de sino más bien en ser libre para.

El hijo menor, tras de esa oculta estrategia mortal, dilapida lo más valioso de su herencia que es su propia existencia, su dignidad única e intransferible, otorgada por ese insondable misterio filialmente amoroso: su vida es noble, es totalmente humana y digna porque ante todo es hijo.

La identidad desdibujada, la vida disipada en lo que perece, la dignidad hollada por el hambre y la miseria tendrían, en nuestro razonable horizonte, una conclusión unívoca y un final predeterminado, del cual no se vuelve. Al fin y al cabo, justo sería decir que este joven se lo buscó.

Pero el corazón sagrado del Dios de Jesús de Nazareth es infinitamente más amplio que nuestros acotados esquemas. Y, alabado sea Dios, la ilógica de la Gracia sigue siendo un magnífico escándalo.

Porque este Dios no se contenta con la espera acongojada, sino que sale al encuentro de quien se ha perdido. Porque este Dios pretende compartir en mesa grande el reencuentro de los extraviados, la vida recobrada, la dignidad restituída, la libertad auténtica reconquistada.

No cuenta lo que ha quedado anclado en el pasado, sólo que ahora es tiempo de abrazos y ya mismo, al calor de los afectos entrañables, germina un futuro por todo lo que podemos llegar a ser.

El Dios de Jesús de Nazareth no es un juez severo ni un verdugo eficaz, al que se supone rápido para el castigo  merecido. Este Dios es un Padre que ama sin medida a todas sus hijas e hijos, a los que se pierden y a los que refunfuñan porque aún no quieren mirar sus ojos misericordiosos que resplandecen en el Maestro -los mismos de María de Nazareth-, porque en su mesa siempre hay comida de sobra y lugares abundantes para que todos, sin excepción, nos juntemos a celebrar la vida que se nos ha regalado)

Paz y Bien

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