De los caprichos a la fé en Cristo













Para el día de hoy (20/09/17) 

Evangelio según San Lucas 7, 31-35






Es necesario que el Evangelio para el día de hoy lo situemos en un contexto más amplio, para ahondar en su significado primordial.
 
Es que Jesús de Nazareth ha reivindicado sin ambages la figura de Juan el Bautista, a la vez que expresa su pesar por el rechazo que el hijo de Zacarías e Isabel producía en los rostros severos de escribas y fariseos. Esos hombres eran profundamente religiosos -la afirmación religiosos profesionales no es tan descabellada- y así como rechazaban la íntegra austeridad del Bautista, repudiaban abiertamente el ánimo celebratorio del Maestro, que compartía su mesa con todos, especialmente con los excluidos y con todos aquellos que nadie, en su sano juicio, invitaría a su mesa. Todo un signo y un símbolo de que la vida ha de cuidarse y celebrarse con talante de don único y maravilloso, con todo y a pesar de todo y todos.
 
Más no había nada que les viniera bien: del profeta Juan despreciaban esa austeridad que los cuestionaba, mientras que no se medían en exclamar que Jesús era un borracho y un glotón.

Los signos de Cristo no eran suficientes para esos criterios obtusos. Ni el criado del centurión, ni el hijo de la viuda de Naím, ni el vino multiplicado, ni esos cientos de enfermos erguidos nuevos y sanos, nada les conformaba. Como cegados sin ninguna intención de ver, estaban oscurecidos de torpe soberbia. Cualquier excusa, de cualquier signo y color, les resultaba útil para descalificar, para argumentar falacias, para rechazar, en un intento de aislar y menoscabar.

Es que la fé es mucho más que una ideología, la adhesión a un corpus dogmático, y no se deja constreñir por la estrechez de un sistema de ideas.
 
La fé no es un juego que deba someterse a caprichos y excusas. La fé es don y misterio que ha de cultivarse de manera siempre creciente, y cuyos frutos son siempre buenos, frutos de compasión, de misericordia, de solidaridad y fraternidad, frutos que a veces parecen esquivos o poco abundantes pero están, y germinan en los corazones de esas mujeres y esos hombres que empujan la vida hacia adelante, hacia la plenitud, hacia la justicia, hacia la felicidad.

Paz y Bien

Al paso de la vida










Para el día de hoy (19/09/17) 

Evangelio según San Lucas 7, 11-17




La liturgia nos sitúa en la ciudad de Naím, a unos nueve kilómetros de la Nazareth natal de Jesús y aproximadamente a cuarenta de Cafarnaúm en donde su ministerio crecía. Es decir, nos escontramos en la Galilea profunda, siempre periférica y sospechosa.

En las puertas de la ciudad, dos caravanas se encuentran.
Una, es la del Maestro, sus discípulos y una gran multitud, que sigue el rumbo de la Buena Noticia, caravana de la vida, de la Salvación.
La otra, es un cortejo fúnebre camino al cementerio. Es caravana de luto y dolor -cosa de muertos-, de lágrimas, de lo que surge inevitable, irreversible.

Este cortejo se porta un ataúd, pero son dos los cadáveres.
El habitante nuevo del féretro es un joven, vida y proyecto cercenados antes de florecer y dar frutos. Pero la madre es la otra muerta, aún peor que la joven vida trunca. Es mujer, es viuda y acaba de perder a su único hijo varón.

Es mujer, y como tal apenas cuenta, no tiene derechos ni relevancia social, su entidad y su sustento provienen del esposo que también ha muerto. Pero ahora, el hijo que cuidaría de ella ha partido, y su desamparo es total. Es la injusticia que se ha cebado en su frágil existencia, la injusticia de un sistema que no la tiene en cuenta y que la condena crudamente a la nada, siempre a menos, igualando con obscenidad hacia abajo. Y también es una madre quebrada.

Parecería que en luctuosa mixtura las dos caravanas se unen; la tristeza a veces subyuga por lo contagiosa y porque la resignación frente a la postración de la muerte en cualquiera de sus formas tiene una fuerza demoledora. Esas gentes acompañan a esos muertos -al cadáver del hijo y a la muerta en vida- a un destino que suponen grabado en piedra, inamovible en su oscuridad, definitivo.

Ellos acompañan. Nadie en su sano juicio, en aquellos tiempos de rigores jurídicos-religiosos, se habría acercado demasiado al ataúd: el contacto con un cadáver suponía que el infractor a esa norma, durante siete días, sería considerado impuro, indigno e inhábil para participar del culto y la vida comunitaria.

Pero está el Señor, y Cristo jamás pasa de largo ni se mantiene como un espectador pasivo frente al dolor y al sufrimiento de los demás. Por eso toca el féretro sin vacilar, porque no teme a esa letra muerta que multiplica el sufrimiento, y porque jamás se resigna. En Él viven todas las esperanzas.
Por eso mismo el mandato primero es sanador, para que retrocedan las lágrimas, para que se disipen las nubes del llanto, porque otro sol es posible. No hay noche definitiva.

Y en esa misericordia que es, literalmente, poner el corazón y la existencia allí en donde campea la miseria, y es la misma justicia de Dios, acontecen varios milagros.
El joven recobra la vida.
La madre se yergue en su dignidad plena de hija, de madre y de mujer.
Y todas esas gentes son resucitados en humanidad, para que no permitan más ser doblegados, sabedores que serán ellos, Dios mediante, los que han de escribir su propia historia a la luz de la Gracia, porque no hay destino inevitable sino vida por plenificarse que nada tiene de ilusoria, sino que es la verdad que libera y por la que devienen inútiles todas las tumbas.

Paz y Bien

Creyentes sin nombre











Para el día de hoy (18/09/17):  

Evangelio según San Lucas 7, 1-10






A lo largo de los Evangelios, podemos rastrear toda una geografía -perfectamente trazable- que se corresponde con el ministerio y predicación misioneras de Jesús de Nazareth, y es menester prestar especial atención a su contenido simbólico, por todo lo que nos revela, por las ventanas que se nos abren.
Así entonces, en esa geografía podemos intuir senderos de Salvación que el Dios de la Vida nos regala, una geografía de la Salvación.

En el Evangelio para el día de hoy nos situamos en Cafarnaúm, plena Galilea. Esa Galilea, si bien parte de la tierra santa, era mirada con desconfianza religiosa por los sectores más ortodoxos de la fé de Israel, pues Galilea era zona de intercambio y comercio con extranjeros, y por lo mismo, muy pasible de contaminación con lo ajeno y distinto, considerando al extranjero como el epítome de la impureza. Socialmente, no era mejor su consideración: desde las colinas jerosolimitanas, los galileos eran observados con condescendiente desprecio, varios escalones por debajo de la escala social -nada bueno puede salir de Nazareth-, algo así como kelpers judíos a los que todo se le exige pero pocos derechos se les concede.

La gran señal es que Dios se ha despojado de todo para hacerse uno de nosotros, uno entre tantos, el insondable y asombroso misterio de la Encarnación de un Dios que elige hacerse compañero y hermano de los que no cuentan, de los marginales, de los que son despreciados y no son muy tenidos en cuenta, en la Nazareth de esa Galilea de la periferia.

Por otra parte, la escena acentúa más esa situación: el centurión era un oficial de la fuerza militar del imperio ocupante y opresor de la Tierra Santa. Es un extranjero, un pagano, un proscrito que puede despertar alguna que otra simpatía menor pero que lleva en sí el estigma de su condición y su obrar.
No obstante ello, suplica por un servidor suyo -casi seguro un esclavo-, que por la postración provocada por su dolencia, también es un proscrito y un impuro a causa de su enfermedad. Es un proscrito que ruega por otro proscrito a ese rabbí galileo que a nadie rechaza y que tanto bien pasa haciendo.
Pero también sabe que entre ese hombre de Dios y él, un soldado romano, hay un abismo insalvable. Por ello le hace llegar a Jesús su súplica a través de terceros, por ello abiertamente confiesa que no es digno de recibir bajo su techo a ese Cristo, y allí mismo germina el milagro.
Ese hombre confía, tiene su mente y su corazón encendidos de fé en el Maestro y en el poder de su Palabra, aún cuando él no sea parte de ese pueblo elegido.

Ese centurión es imagen de tantos cristianos desconocidos, de tantos creyentes innominados. Son los que rompen toda barrera impuesta y se juegan por los demás, que anteponen el dolor del otro a cualquier interés propio. Son los que saben que la bondad tiende puentes que hacen superar cualquier abismo. Son los que esperan contra toda esperanza, son los que aún sin ser parte, confían aunque no vean.
Son los que sin demasiados aspavientos hacen el bien a todos sin buscar el aplauso o la conveniencia, y a nosotros también muchos nos levantan a diario tantas sinagogas para reunirnos.

Paz y Bien

Misericordia, amor de locos














Domingo 24° durante el año

Para el día de hoy (19/07/17):  
 
Evangelio según San Mateo 18, 21-35







La misericordia de Dios es imposible de explicar y, más aún, de ser pagada de algún modo. A través de toda la historia, y en cada instante de nuestras existencias, el paso redentor del amor de Dios no tiene correspondencia, es un amor de locos.
Dios nos ama incondicionalmente, y nada gana con querernos. Ese amor no se puede calcular ni puede ser sometido a la mesura de planes y proyectos; no nos ama para un fin específico, ni por nuestras virtudes, ni tampoco por nuestras falencias. Nos ama desde sus entrañas, y esa es la gran revelación de Jesús de Nazareth.

Ese amor se expresa en el perdón.

Las razones que esgrime Pedro no están nada mal: para los criterios imperantes en su época, inferir que debemos perdonar hasta siete veces al mismo hermano que, de continuo, nos hace daño, es una postura muy generosa, y hasta complicada de implementar en la práctica.
Sin embargo, el error de Pedro está no tanto en la conclusión como más bien en el razonamiento previo: en la búsqueda del cuantas veces, establece un límite que el Maestro no acepta y rechaza.
 
Porque el Padre de Jesús -Abbá Dios nuestro- jamás se cuestiona la cantidad de veces que debe perdonar y sanar a una hija o a un hijo, a todos y cada uno de nosotros, mínimos y miserables intregrantes de esta humanidad errante.

Ello se vuelve explícito en la parábola que el Maestro brinda a continuación. La parábola es alegórica, simbólica, el rey de marras jamás puede ser comparado con el Dios de Jesús, porque ese rey se mueve en el plano del poder y del utilitarismo en el que tan a menudo nos embarcamos, y que suele regir las relaciones humanas, las interpersonales, las nacionales, las ideológicas.
La deuda del siervo es impagable, esos diez mil talentos de ningún modo pueden ser cubiertos en varias generaciones. Pero la incomparable bondad de Dios tiene los mismos efectos: salvar lo imposible, desterrar el no se puede -hasta podemos trasladarlo a la durísima realidad de las deudas de las naciones, que tanta miseria y dolor imponen-.

La puerta se nos puede entreabrir cuando comenzamos a aceptar, sin buscar justificaciones, ese amor asombroso que Dios nos tiene. Aceptar que nos quiere sin límites, siempre, con todo y a pesar de todo.
Y aunque todo diga lo contrario, procurar ordenar la existencia personal y comunitaria en esa misma ilógica santa, la de Jesús de Nazareth, la de la cruz y la Resurrección.

Paz y Bien

Árboles firmes










Para el día de hoy (16/09/17): 

Evangelio según San Lucas 6, 43-49







Por lo general no son demasiado vistosos. Tienen, eso sí, las particularidades propias de su origen y entorno, y los hay de diversas longitudes, dimensiones, frondosidades. Pero eso sí, todos tienen en común una particularidad que es su sino y su identidad: los buenos árboles se reconocen por sus buenos frutos.

Es claro que la realidad indica una obviedad: los buenos árboles no rebosan de buenas intenciones frutales. Lamentablemente, demasiadas autopistas a la perdición se han pavimentado con el asfalto falaz de las buenas intenciones. Los buenos árboles son más sencillos, brindan buenos frutos porque en ello les vá la savia.
Árbol sin frutos es savia desperdiciada, vida de balde, destino de leña.

Hay muchos hombres y mujeres así, árboles buenos, árboles de ramas fragantes, árboles de buena sombra en verano, árboles que nos sustentan, árboles firmes en la bondad. Árboles que no andan buscando apologías, agradecimientos: les basta y alcanza con la firme raíz que es la de brindar/se en frutos generosos, sin estridencias, aún cuando en ello se les vaya toda la existencia. Porque sus frutos no están como adorno, sus frutos son buenos para los demás, nutren y engalanan las vidas de los otros.
Esas mujeres y esos hombres, árboles buenos que la vida nos regala a cada paso, acunan corazones grandes en donde el bien que sólo procede de Dios puede germinar, la cosecha infinita y bondadosa del Reino.

Es menester darse cuenta, expandir la mirada y jamás abandonar la gratitud.

Edificando sobre la roca firme de la Palabra, Cristo, Verbo encarnado, Dios con nosotros, la casa existencia permanece firme a pesar de tantas tormentas.
Pero además nos abre los ojos también, para reconocer el amor de Dios en esos árboles cordiales de frutos santos que en todas partes florecen en humildad y silencio, contra viento y marea, a pesar de que a veces parezca mandar la noche, para que no nos resignemos a edificar el día.

Paz y Bien

Señora de los dolores, madre de la esperanza










Nuestra Señora de los Dolores

Para el día de hoy (15/09/17): 

Evangelio según San Juan 19, 25-27






Esa mujer nazarena, al pié de la cruz, sufre un dolor que no puede expresarse de modo alguno con certeza y precisión.

Hay un cierto ordenamiento natural que se quebranta cuando un hijo muere antes que sus progenitores; sin embargo, cuando esa razón se invierte, son dos los que mueren, el fallecido y con enorme hondura la madre, en vínculo sanguíneo, cordial, espiritual con ese hijo que se ha ido.

Esa mujer nazarena está sometida a algo mucho peor: el Hijo se le está muriendo ante sus ojos, consumido su cuerpo por terribles dolores y por la tortura que se le aplica con siniestra eficacia romana. Seguramente el golpe de la impotencia, de las manos atadas, del no poder hacer nada ni cambiar lugares la agobia, pero sigue en pié, firme, fiel.

Sigue en pié a pesar de que a ese Hijo que también es su Maestro y su Señor lo ejecutan como a un criminal abyecto, despreciable, un maldito para la rigurosa mentalidad religiosa de su tiempo.

La simple observación nos deja en las lágrimas, en esa Madre de los dolores, como si lo luctuoso tuviera que asimilarse en su amargura con carácter definitivo.

Pero hay más, siempre hay más, y la figura de la Madre Doliente nos remite e impulsa más allá del dolor y el sufrimiento. No hay lógica posible. Lo que prevalece es su fidelidad a ese Hijo hasta el final, de pié y firme, sin abandonarle jamás, fidelidad que tiene la misma raíz vocal que la fé, fidelidad que tiene el mismo origen santo de la fé.

Ella nos dice que a pesar del dolor más demoledor no hay que resignar jamás la esperanza. Anawin del Señor, en ese Gólgota plagado de tinieblas cerradas prevalece la luz de su esperanza que no es utopía, pues es la realidad del amor de un Dios que ha de prevalecer siempre sobre el horror y la muerte.

Esa mujer fiel no tiene casa propia. Su hogar, por esa fidelidad, será el hogar de los hijos que la reciban, y a esos hijos, hermanos del Cristo de su vientre santo y de su corazón inmaculado, les brindará su persistente firmeza, su obstinada ternura, su amor fidelísimo aún cuando todos ellos, todos nosotros, estemos agobiados por el llanto.

Que la Madre de Dios, Madre fiel, Madre nuestra, nos enseña a mirar la vida con sus ojos, y a tener un corazón inmenso y esperanzado como el de Ella.

Paz y Bien

El árbol de la vida










La Exaltación de la Santa Cruz

Para el día de hoy (14/09/17) 

Evangelio según San Juan 3, 13-17







Dos árboles que son símbolo y signo de nuestro destino.

El árbol del paraíso, de la caída, del pecado, de elegir la muerte y el exilio de la vida, el árbol que simboliza todos los males que elegimos.

Pero a través de otro árbol, un árbol santo, hemos recuperado la vida merced al pago del rescate pagado al precio de su propia vida por Jesucristo, árbol de la Salvación.

Es la contradicción mayor para las razones de este mundo. Quizás a nosotros, mujeres y hombres del siglo XXI, el pleno significado de una cruz se nos escape en su gravoso significado.
Para nosotros puede significar un símbolo de muerte y horror. Pero para las gentes del siglo I de Palestina y de otras varias provincias del Imperio Romano, la cruz implicaba una ignominia insuperable, el método elegido por los césares para ejecutar a los criminales más abyectos, a los que subvertían el orden, a los marginales. Y como si no fuera suficiente, una interpretación de la Torah implicaba que el ajusticiado era, a su vez, un maldito. Marginal, abyecto y maldecido, sumado al espanto, era la consecuencia de la crucifixión.
Y también un ominoso efecto disuasorio, pues el ajusticiado en su sufrimiento -o su cadáver- queda expuesto a la vista del pueblo para cercenar cualquier asomo de rebeldía o desvío de la autoridad opresiva que se impone.

Sea cual fuere el abordaje pretendido, todos pueden coincidir en el análisis último del sufrimiento y la muerte.
Y en esa lógica, exaltar la cruz es una locura.

Pero en el horizonte de la Gracia, no tratamos tanto con razones sino más bien con co-razones.
Se trata de un misterio insondable que no puede ser abarcado con mensuras humanas, tan inmenso que es.
Se trata de un Padre que se muere dos veces por los demás: muere dos veces porque es su propio Hijo el que se le muere en esos espantos, y muere para que no haya más crucificados, nunca, y para que toda la humanidad, amada con ternura entrañable, sea plena y encuentre la felicidad y la salud, la Salvación.
Se trata de un misterio de amor y de vida que se propaga imparable porque se ofrece generosa e incondicional.

Ese árbol santo tiene dos ramas, una que lo liga eternamente al cielo de la trascendencia y la eternidad, e inseparablemente otra rama que horizontalmente cobija y señala a todos los hermanos.

Exaltamos la cruz porque en ella Cristo se ha puesto al hombro nuestros sufrimientos, nuestros dolores, nuestras miserias y nuestros pecados, para vivir plenos, sin menoscabo. Y porque no hay amor mayor ni tesoro más valioso que el dar la vida por los demás. Y porque renegamos de todas las cruces que se imponen, crueles y groseras.
Sólo desde la vida ofrecida se nos crece más vida.

Paz y Bien


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