Casa de oración o tráfico de piedad











Para el día de hoy (24/11/17):  

 
Evangelio según San Lucas 19, 45-48





Él había entrado a Jerusalem, fiel hasta el fin a su vocación, al Reino, a los sueños de su Padre.
En la Ciudad Santa estaba ese Templo enorme y fastuoso, que era el centro espiritual de toda la nación judía, la de Israel y la de la Diáspora. Pero se había encontrado en sus atrios a toda una turba de cambistas de monedas de diverso origen y de comerciantes que vendían animales para los sacrificios que el culto exigía. Eso lo enciende de furia, y comienza a derribar las mesas de los cambistas y a abrir los corrales de los animales, pues habían transformado una casa de oración en una cueva de bandidos, aquello que estaba señalado como espacio sagrado, por puro interés. lo convirtieron en espacio banalmente profano.

Pero el Templo no es sagrado por sí mismo, por la sacralidad de sus construcciones sino más bien por Aquél que lo bendice y habita, Aquél que le otorga trascendencia. Aún así, el problema real radicaba -siempre lo hace- en los corazones de las personas.

Todo ese circo malsano hubo de montarse en beneficio económico de unos pocos, y a su vez respondía a una teología retributiva, es decir, al tira y afloje religioso de las cosas que podemos arrancarle a Dios mediante el cumplimiento estricto de algunas prácticas cultuales específicas, a esa piedad del trueque y las recompensas obtenidas.

La Encarnación es misterio insondable de amor en donde se entrecruzan el tiempo y la eternidad en la persona de Jesús de Nazareth, Dios hecho hombre, uno de nosotros, el más humano de todos. Es don, es oblación incondicional, asombrosamente gratuita.

Ni dos vidas ofrecidas por entero pueden obtener un sólo segundo de eternidad. Es el tiempo de la Gracia, de la desproporción, del amor más allá de todo mérito, y la Pasión refrendará a precio de sangre esa verdad.
El templo verdadero es Cristo, y por Él cada mujer y cada hombre son templos vivos del Dios de la Vida.

Nosotros nos debemos algunos desalojos, abandonar este comercio torpe de recompensas pretendidas y el permitirnos la contradicción de liberar a Dios de esos templos en donde lo hemos encerrado tanto tiempo, para volver a rendirle culto primero en el hermano.

Paz y Bien

El llanto del Señor










Para el día de hoy (23/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 41-44





A pesar de los discípulos que le acompañaban, a pesar de la multitud creciente que solía rodearle, la imagen es sobrecogedora: se trata de un hombre, sólo un hombre frente a la gran ciudad, grande por el Templo, grande por su historia y tradiciones, grande por el hondo significado simbólico para todo Israel.

Jesús de Nazareth es el mejor lector de los signos de los tiempos y es un conocedor profundo de lo que se teje en las honduras de los corazones. El Espíritu que lo impulsa y sostiene le brinda esa claridad única, esa mirada capaz de atravesar toda apariencia y los velos del tiempo. Sabe lo que sucederá algunas décadas después de su Pasión con la Ciudad Santa: las legiones romanas de Vespasiano y de Tito matarán a miles de hijos de Israel -combatientes zelotas o nó-. Otros tantos serán vendidos como esclavos, y no dejarán piedra sobre piedra de ese Templo que es el centro del mundo judío, y condenarán al pueblo a una diáspora que durará muchos siglos, demasiados, pueblo paria sin estado ni nación.
El Maestro es un hijo fiel de su pueblo, lo lleva en los huesos tal como María su Madre y su padre carpintero de Nazareth. Por ello, frente a esa Ciudad derruída en su ojos lejanos, llora sin esconder sus lágrimas.

La que en su nombre lleva su destino -Yerushalayim o Yerushalaim, Ciudad del Shalom, Ciudad de la Paz- será aplastada por la maquinaria infernal e inhumana de la guerra. Porque toda guerra, por más justicia que se enarbole, nos hace descender varios escalones en humanidad.
Y porque la paz no se declama. La paz se edifica día a día, con paciencia, con justicia, con tolerancia. La paz es don para todos aquellos hijos de Dios lo suficientemente inquietos para no acomodarse, para no se espectadores pasivos, para dejar de resignarse a que todo pase.

Y tal vez sea tiempo de darnos cuenta que hemos olvidado como llorar. Llorar en serio, llorar hasta las entrañas, llorar todo lo que haga falta, llorar como Cristo porque nay demasiadas ciudades nuestras que se tragan a sus hijos, que no aceptan bendiciones, que son demasiado hostiles a la vida. y sin ese llanto que nos purifique, las almas seguirán opacas a toda luz que nos recree, y nos vuelve reacios a la conversión.

Paz y Bien

La historia en nuestras manos











Para el día de hoy (22/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 11-28




Algunos de los discípulos se aferraban a la inminencia del establecimiento del Reinado del Mesías; no obstante ello, esa imagen tenía que ver con sus aspiraciones nacionalistas, sus ansias de liberación como nación y, porqué nó, su hambre de poder. Pero en verdad el Reino de Jesús de Nazareth, el Reino de Dios nada tiene que ver con nuestros esquemas mundanos, y ya se asoma humilde entre nosotros, aquí y ahora.

Como una travesía, toda existencia ha de tener un horizonte, un puerto hacia donde arribar. Pues el viaje, el no quedarse es importante, tan importante como no ir a los tumbos, sin brújula, y librados a los caprichos malos de cualquier temporal.

El regreso cierto del Señor es nuestro horizonte, el que ratifica nuestra esperanza, el que sustenta nuestros andares, el que nos acrisola el carácter.
Ese horizonte estará siempre, aún cuando muchos bienintencionados pretendan adelantarse con mensajes contrarios, arrogándose a veces una corona aurífera que en realidad es de espinas y de humildad absoluta, de silencio y sobre todo de confianza.

Hasta que Él vuelva. Ya está regresando, y reinará desde el trono de cada corazón, porque es un Rey que rehuye del poder y de los palacios, un rey muy extraño de confianza infinita en sus servidores, inmerecida, desbordante.

Por ello todo lo que se haga debe orientarse y centrarse en ese regreso. Y no puede haber resquicio alguno para el miedo, toda vez que el miedo es carácter propio del poderoso que impone terror, castigo y venganza, nada más opuesto y lejano al Dios de Jesús de Nazareth. Porque a veces el temor se disfraza de prudencia excesiva, que es la forma falaz de la cobardía.

Por esa confianza, sabemos que nada nos pertenece en verdad pues todo se nos ha confiado. Y la gratitud verdadera es devolver, cuando sea nuestro tiempo, esos dones que se nos han puesto en nuestras manos fructificados en justicia y fraternidad, en la savia eterna de la Gracia.

Paz y Bien

Cristo se deja encontrar









Presentación de la Virgen María

Para el día de hoy (21/11/17) 

Evangelio según Lucas 19, 1-10




Seguimos en Jericó, en los arrabales de la Ciudad Santa, en el umbral mismo de la Pasión del Señor. Es por ello que todo signo y todo símbolo cobra especial relevancia, porque ese aparente final de horror y muerte es en realidad comienzo del tiempo definitivo.

También, como en el día de ayer, nos encontramos con un problema de visión, aunque sus orígenes sean distintos. En el caso de ayer, se trataba de un hombre no vidente.
Hoy se trata de un hombre cuya mirada se haya limitada por la multitud y a causa de su estatura.
Dos extremos: el ciego de las puertas de la ciudad, de la vera del camino languidece en la miseria absoluta; Zaqueo, como jefe de publicanos es inmensamente rico. Con notable habilidad literaria, el Evangelista los vincula a ambos, y así la riqueza de uno puede inferirse como causal de la miseria del otro con el transcurrir de los versículos.

Los publicanos eran judíos que recaudaban tributos para el ocupante imperial romano, es decir, que cobraban impuestos para el César con el respaldo fiero de las legiones estacionadas en la zona. Un publicano es un traidor, ferviertemente odiado por sus paisanos, y un impuro consumado por el contacto permanente con extranjeros y con monedas no judías. Pero ellos, abusando de su posición, extorsionaban y cobraban de más en favor propio, toda vez que la legislación vigente consideraba la evasión del tributo imperial como sedición y por tanto, causal de condena a muerte. Así, los publicanos sólo podían tener vida social con otros tantos de su mismo oficio, su vida religiosa era prácticamente nula y estaban clasificados por sus compatriotas con la misma vara moral de las prostitutas.

Zaqueo sabe que el rabbí galileo ha llegado a Jericó, y está movilizado en las honduras de su corazón. Ese Maestro a nadie rechaza, perdona antes que condena, habla de Dios de una manera tan nueva y esperanzadora que -intuye- hay una multitud de respuestas en Él, incluso respuestas a esas preguntas aún no formuladas, las preguntas fundamentales de toda existencia.
Zaqueo intenta infructuosamente divisar a Jesús de Nazareth, pero la multitud está abigarrada -no cabe un alfiler- y Zaqueo es bajito, ni dando saltos puede divisar siquiera una sombra fugaz del Maestro. Por eso no vacila en en subirse a un árbol, un sicómoro, para tratar de verlo desde las ramas. A veces no está mal irse por las ramas si ello nos aclara la visión.
Zaqueo es petiso y eso le dificulta observar por entre el gentío. Pero más que eso, no vé bien porque ha decrecido en la estatura de su alma: la sujeción al dinero, la explotación de los demás, la corrupción cotidiana que se le ha enquistado lo empequeñecen, lo disminuyen al punto de no poder ver más allá de sí mismo. Esa pequeñez es muy distinta a la de María de Nazareth pues más que una pequeñez se trata de una bajeza estéril sin destino.

Pero esa subida al árbol revela que, en realidad, las primacías son siempre de Dios. Porque Cristo siempre se deja encontrar a pesar de toda dificultad por quienes le buscan con sinceridad y desde un corazón que languidece de hambre por el pan que no perece.

La cena en casa de Zaqueo es la celebración de ese Cristo que ha llegado a la vida de Zaqueo y se ha afincado en su corazón, restaurándolo en su estatura humana plena, que se convierte y repara todo el daño que ha podido causar por acción u omisión. Porque en el horizonte redescubierto de Zaqueo están nuevamente Dios y el prójimo.

Quiera Dios que podamos elevarnos para mirar a Cristo a los ojos. Dejarnos también descubrir por Él, y así celebrar y agradecer la vida recuperada desde lo alto.

Paz y Bien

Cristo jamás pasa de largo













Para el día de hoy (20/11/17) 

Evangelio según Lucas 18, 35-43





En ruta hacia Jerusalem, Jericó se encuentra a sólo treinta kilómetros, menos de una jornada de marcha. Poblado antiguo de historia frondosa, geográficamente se ubica como umbral de la Ciudad Santa, y simbólicamente es el suburbio de la Pasión de Cristo, la antesala de los horrores y los odios que no pueden apagar el amor mayor de la cruz.

Pero nos guiamos por la fé, y esa fé nos dice que la Pasión en Jerusalem no es el final sangriento de un peregrinar de tres años, sino que es un comienzo de un tiempo definitivo. Es por ello que desde esta perspectiva, hemos de prestar especial atención a lo que suceda en Jericó como hito decisivo.

Jesús de Nazareth se acerca a esa ciudad acompañado de sus discípulos y rodeado seguramente de un nutrido grupo de gente. La situación es compleja para los discípulos, pues reniegan de abandonar sus viejos esquemas, las viejas ideas nacionalistas mezquinas o las caricaturas mesiánicas que propugnan; pero también se embriagan de la influencia creciente que su Maestro tiene con el pueblo, y quizás ya se imaginen portentosos gobernantes delegados, aunque en sus mentes el miedo no está ausente. En numerosas ocasiones han escuchado las virulentas condenas y las patentes amenazas de los poderosos de siempre, y temen por Jesús y por ellos mismos.

A la vera del camino se encuentra, sumido en las sombras, un hombre ciego que suplica limosnas, cadencia de dolor continuo de un mundo que las retinas muertas de sus ojos le van angostando día a día el corazón. En el siglo I, las cegueras adquiridas en Palestina son frecuentes, a causa de las tormentas de arena y polvo del desierto, de las salinas de la zona y del sol fuerte que pega duramente contra rocas blanquecinas, lesionando las córneas de muchos. Así la ceguera implica caer en la miseria absoluta, dependiendo de la buena voluntad de los marchantes que puedan acercarles, solidarios, algunas pequeñas monedas para apenas sobrevivir.
A veces no se tiene la real dimensión de una limosna que se brinda desde la compasión; puede aparentar ser una monedita ínfima, pero tiene una eficacia asombrosa, y lo que produce abre las aguas de todas las rutinas que agobian. Así con este hombre, al que por compasión -y quizás sin darse cuenta- le brindan lo más valioso, la llegada del Señor, el Cristo que pasa por su existencia.
A veces también, ocupados en faraónicas planificaciones, nos solemos olvidar del valiosísimo primer paso de la Evangelización, que es una palabra de esperanza, una escucha atenta, una mirada transparente, el aviso claro de que Alguien se preocupa y ocupa de todos.

Ese hombre no ha cedido a la resignación. No baja los brazos a pesar de que la ceguera parece permanente, a pesar de que todos los demás acepten que su vida apenas discurra a la vera del camino, sumido en la miseria de las carencias y en la miseria de los corazones que justifican su descarte.
Esos gritos que enarbolan expresan rebeldía a la inhumanidad establecida y aceptada, pero más aún expresan confianza en una persona, Jesús de Nazareth. Y los gritos crecen en la misma proporción en que intentan morigerarse, y ser silenciados.
Triste imagen tan habitual, la de acallar los clamores de los que sufren y los gritos de los olvidados, un dios mezquino para unos pocos elegidos desentendido de todo dolor.

Pero este Cristo jamás pasa de largo. Es un servidor que vá hacia la raíz misma del problema, que sólo quiere prestar su auxilio. Y ese hombre confía en Él,, pilar fundamental junto al amor de Dios para que acontezcan milagros.
En ese hombre se inaugura la mejor de las noticias pues no pide ser librado de su ceguera, sino que antes bien quiere recuperar la vista. Parece una cuestión semántica, pero es crucial. La bendición, la liberación que Cristo nos ofrece no es tanto exonerarnos de sino ser libres para. Por eso ese hombre será nuevamente capaz de recibir y percibir la luz, su corazón renacerá y se convertirá en discípulo, paso salvador de Cristo por su existencia, la misma Pascua que hoy se nos ofrece para una vida santa, plena, eterna, feliz.

Paz y Bien

Los peligros de la excesiva prudencia












1a. Jornada mundial de los pobres

Domingo 33° durante el año

Para el día de hoy (19/11/17) 

Evangelio según Mateo 25, 14-30





Las parábolas de Jesús de Nazareth no son solamente elementos didácticos en los que pueden reconocerse contradicciones, alegorías, metáforas a veces extremas destinadas a encender la atención de sus oyentes y así procurar un aprendizaje más profuso.
En las parábolas el Maestro tiene, claramente, una vocación magistral, pero no se reducen a un plano educativo, sino que desde la misma cotidianeidad edifican ventanas por las que nos podemos asomar a la eternidad, de una manera inesperada y gratamente sorprendente. Es por ello que nunca las lecturas lineales o textuales expresan fidelidad a la Palabra, pues dejan de lado el sentido de lo que se dice y, muy especialmente, a Aquél que las pronuncia.
Y toda literalidad incuba y promueve los horribles fundamentalismos de cualquier laya. Lo que cuenta es la fé, la esperanza y el amor.

Ubiquémonos por un momento en uno de los objetos que sobresalen en el relato: los talentos -si nos quedamos meramente en un análisis económico- son monedas de la época del ministerio de Jesús de Nazareth que equivalían a seis mil denarios. Para tener en cuenta la proporción, un jornalero judío de aquel entonces, luego de doce horas de labor, podía llegar a ganar un denario al día. Un talento es una enormidad, una suma desproporcionada de dinero que se confía sin instrucciones y así, sin más trámite se deja en las manos de los servidores.

Quizás por ello, acotarnos a una interpretación que refiera a las diversas capacidades que cada uno de nosotros portamos -que por los orígenes antes descritos, no casualmente también se llaman talentos- y el grado de su puesta al servicio de Cristo y de su Iglesia nos deje en los umbrales de esa trascendencia a la que el Maestro nos invita cada día, a través de la Palabra. La Palabra es Palabra de Vida y Palabra Viva.

Lo verdaderamente decisivo, lo maravillosamente inquietante, lo realmente asombroso es que se ha confiado en nuestras manos algo enormemente valioso, herencia tan crítica que no puede mensurarse su real valor de tan ilimitado que es. Esa confianza desestabiliza, y quiera el Espíritu que siempre lo haga. Ninguno de nosotros tiene méritos suficientes para su administración, y por ello es aún mayor el impacto de esa confianza brindada, una confianza que no surge de los contratos sino del conocimiento profundo, de la interioridad misma de los corazones. Por eso la prudencia excesiva es tan desigual, por eso la prudencia excesiva es el maquillaje que suele utilizar la cobardía.

Porque en nuestras torpes y limitadas manos, merced a una confianza de Padre y aun cariño maternal, se nos ha confiado el Evangelio, la Buena Noticia, talentos que es menester gastar con los hermanos, extraña herencia que se multiplica y reproduce cuando no se reserva, cuando con generosa fraternidad se dilapida sin miramientos, para el bien de todos, por ese Reino que está aquí y ahora entre nosotros.

Paz y Bien

El infinito valor de la súplica tenaz










Para el día de hoy (18/11/17) 

Evangelio según Lucas 18, 1-8




Dejando de lado cualquier ligera pretensión sexista o neoideológica -pues las ideologías de género tienen hoy gran relevancia y son pesadamente tramposas- es menester ubicarnos en el contexto o paisaje sociocomunitario en el que Jesús de Nazareth refiere la parábola.
Durante varios siglos y por numerosas causas, la mujer judía carecía de derechos religiosos y jurídicos, siendo los únicos que podía en cierto y limitado modo esgrimir los que derivaban de su esposo. Es decir, dependía toda su existencia de la protección de los varones - de su padre, de su esposo, de su hijo mayor- y a su vez estaba sometida a sus deseos y limitada por la influencia que su cónyuge pudiera tener.
En el caso de viudez, esto se lleva a un epítome doloroso.

Una viuda es alguien que carece de derechos reconocidos ni de respaldo y apoyo. Una viuda es, en este contexto, el símbolo de todos aquellos que apenas sobreviven en su condición de vulnerabilidad. Su tenacidad en la petición, que se hace cargosa, molesta, martilleante, nos hace suponer sin demasiada dificultad que la intensidad de su reclamo está directamente relacionada a su sustento y, por lo tanto, a su supervivencia. Su vida misma está en juego, colgando apenas de un hilo el derecho que implora sin desmayos.

Del otro lado, quien debía escucharle y respaldarla, hace todo lo contrario. Es una imagen demasiado habitual, la de aquellos a los que fuera de sí mismos nada les importa, ni Dios ni el prójimo, lo que se agrava cuando dichas personas han de impartir justicia. Ello requiere ajustarse a derecho y mirar y ver, en primer lugar, a aquellos a los que no tienen nadie quien los proteja, viudas y huérfanos, y quizás por ello antes que una imponente estatua de una diosa de ojos vendados con una balanza equilibrada, preferiríamos simbolizar a la justicia como una madre de familia...con una escoba en su mano, y con los ojos bien abiertos.

Este juez de la injusticia, de la justicia denegada, de la no-justicia explícita, decide reivindicar el derecho de la viuda porque ya comienza a importunarle la insistencia de la mujer. Quizás se nos pase por alto algo muy elemental, y es que la persistencia del ruego deja en evidencia flagrante la inconducta del funcionario, quebrantando el tempo constante de indiferencia, la rítmica acomodaticia y corrupta de los que permiten y toleran que todo siga igual.

Entre nosotros, gracias a Dios, tenemos muchas viudas que no solemos ver, y que sustentan nuestras vidas merced a su plegaria constante. No necesariamente han perdido a sus esposos, pero son y se reconocen pequeñas y vulnerables, pero las distingue una confianza inquebrantable en ese Dios al que sin descanso se dirigen y suplican.

Su plegaria es peligrosa, pues quien tenga una vida orante vive la vida misma de Dios, y por ende su existencia refleja una luz que no puede extinguirse, una luz que pone en evidencia tantas sombras, tantas opacidades, tantas tinieblas. Esas plegarias constantes sostienen nuestros pasos, y es la plegaria que quizás nos siga permanenciendo en la columna del debe.
No tenemos excusas, debemos orar sin desfallecer.

Paz y Bien

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